En un día
cualquiera de 1998 (o quizá 1999) una polaroid se disponía a tomar prestado un
segundo de la existencia de un niño y un elefante. El pequeñín estiraba su
manita por la trompa de la bestia originaria de un continente lejano. Ambos, el
niño y el animal, se encontraban lejos de su tierra natal. Uno más lejos que el
otro vale la pena aclarar. Pero ambos reunidos en Bolivia, pequeño país cuya
salida al mar fue arrebatada por Chile.
Pareciera que
esboza una sonrisa, pero mirando el fotograma con mayor cuidado se puede llegar
a pensar que solo está diciendo algo y que en ese momento de total apatía
infantil fue que la fotografía se tomó. Al niño luego lo subieron encima del
elefante para que supiera lo que era estar en las alturas. Y honestamente creo
que fue lo más alto que estuvo en toda su vida. El ignoraba por completo la
aspereza y resequedad de la piel del monstruo de marfil y sangre (aparte del
poco agradable aroma que emanaba) porque siempre sufrió una gran fascinación
por los animales salvajes. Por la corta edad de este es más que valido pensar
que desconocía por completo que aquel ya no era un animal salvaje.
El padre del
niño hablaba dispendioso y arrogante con los cirqueros, comentando quien sabe qué
diablos, mientras el niño, sentado en el lomo del elefante le acariciaba, con
la amabilidad que solo conocen los niños,
la cabeza. Y no solo eso. Le hablaba, el Dr. Dolittle lo había hecho creer que
entre animales y humanos podía haber comunicación. Y aunque el elefante no le
respondió nunca, quizás el si entendió lo que el niño quería decirle.
Los años
pasaron y la fotografía fue a parar en un cajón. Para ser exactos quince años
pasaron. Lo que pasó con aquel pobre elefante es un misterio. Lo que pasó con el niño no. El niño creció, se
puso más alto, más robusto y perdió cualquier encanto que poseía. El niño (que como acabo de decir ya no era un
niño, ni siquiera legalmente) buscaba unas fotos que se había tomado el año
pasado para llevarlas a la registraduría y sacar su cédula de ciudadanía. Al
revolcar con el desespero que solo los adultos conocen se encontró de nuevo con
la fotografía instantánea que le tomaron una tarde cualquiera de 1998. Y lo vio
todo.
Como invadido
por poderes báquicos una corriente de viento voló desde su chakra de la raíz
hasta su frente. Ese niño de la foto no era él. Ese pequeño de corte de cabello
gracioso, chaqueta azul celeste, leñadora a cuadros y overol de jean esta probablemente
tan muerto como el elefante que lo acompañaba en la foto. Muertos todos.
Para entender
quien era él había que pensar en su vida. Para hacer la cosa menos dramática digamos
que simplemente su familia se resquebrajo como un hostia en la boca de los
feligreses hambrientos de Cristo. Volvió
a su tierra natal que lo esperaba con ansias para cagársele la vida. Bueno no
cagársele quizá, a lo mejor exagero. El niño, oriundo de Colombia volvió en el
año 2002 a Bogotá tras el fracaso laboral de sus padres en aquel país despojado
de su mar por Chile. Su vida no fue nada que alguien envidiase nunca. El hambre
y la humillación fueron común denominador en su vida por cierto tiempo. La
noche en que su mamá, ebria a más no poder, le dijo que el banco los echaría de
la casa, de patitas a la calle fue la noche en que el niño murió. Lo que siguió
viviendo fue un hibrido entre un perro de la calle y un pre-puberto inseguro de
sí mismo.
La cuestión es
Bogotá. Hablemos de la ciudad más grande de Colombia, hogar de ratas y poetas
de mierda. Bogotá es una ciudad donde el cielo refleja el gris del asfalto que
cubre casi toda la superficie de la ciudad y luego cae brutalmente encima de él
en forma de lluvia ácida. Predomina un olor a polvo humedecido por gasolina ya
combustionada. El tráfico es pesado y las
calles son largas y desorganizadas. La gran mayoría de los habitantes de clase
media desconocen la existencia de la clase baja (y ni se diga de los clase
alta, estos no saben nada de nada), por lo menos hasta cierta edad. El choque
con la realidad es brutal. El choque con la realidad fue lo que cambió al niño
por este adefesio, arremedo de Dios y enfermo de la vida. Este choque cambia
las miradas de las personas. La clase baja se asoma por debajo del concreto
bogotano y se extiende en kilómetros de barrios de ladrillo pelado y latón. Bogotá
se vuelve feroz. Hombres y mujeres tan estrellados como destruidos se levantan cada mañana a
pelear la guerra del centavo, algunos con mucho éxito, otros (la gran mayoría)
no con tanto. Los padres del niño la perdieron infinidad de veces, a tal punto
que su padre debió viajar a otros horizontes para ganarse la vida.
¿Qué tiene que
ver la gente de Bogotá con el niño? Mucho. Si no haces nada con tu vida (por lo
menos aparentemente) eres rechazado con violencia por toda la sociedad. No
sirves para nada, esos que llamabas amigos te miran de arriba abajo y te
preguntan incesantemente que piensas hacer al respecto de tu existencia. Ya no
eres útil para la sociedad, eres un vago y esa es la cruz que debes cargar. La
cruz del desempleado.
¿Entonces quien
es él niño? Es un apátrida. Este país no extiende su mano. Hay que estirarse
para poder recibir algo de lo que supuestamente se tiene por derecho natural.
La actitud esquiva de los socialmente útiles lo aisló en su cuarto. Para él, el
país se puede ir a la mismísima mierda. Para él la gente lo único que tiene en
la cabeza son falsos ideales, unos implantados por los medios de comunicación manejados
descaradamente por los poderosos y otros por Marx, Lenin y Guevara mal leídos,
y así, mal interpretados (o más bien, mal interpretados los hechos históricos implicados)
son creídos de manera enfermiza (igual que los cristianos más grotescos). Lo
más gracioso es que al final todos quieren la misma mierda. Plata. Capital. Para
eso estudian.
Es todo muy
confuso. Como de ser un niño lindo montado en un elefante, paso a ser un bobo
hijueputa que se la pasa con las manos en los bolsillos pensando en la idiota
de turno.
Y hoy, quince
años después del asunto del elefante, once después de la llegada a su tan amada
patria, tiene pensado irse. Irse para no volver nunca y no tener que aguantarse
las miradas envidiosas y afanantes de los siete millones de habitantes que se
amontonan en los buses articulados del Transmilenio y que abarrotan oficinas y
universidades. Se quiere ir porque se hartó de las exigencias absurdas de sus
compatriotas mujeres, de andar borracho por las calles repitiendo el nombre de
la ya mencionada idiota de turno y sentirse como un estúpido cada vez que llega
a casa al volver tan solo como se fue.

Somos un alma antropomorfa,alma como producto de la energía cósmica; en los L-fantes también hay impulso, como en todo ser vivo. Entre almas el lenguaje oral vale menos que un culo. Donde se está se representa la herencia. Los conflictos sociales son resistencias espirituales... Your home is where you´re happy. Por mi parte mi hogar es la soledad, la patria soledad.
ResponderEliminarSalud poeta, ¿poeta? ¿tan mal de la cabeza estás?
Desmantelaron la L no?
ResponderEliminarjaja
Jaja no se, poco se del sub mundo bogotano, a duras penas se de su existencia como buen calaña media.
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